Las calles del Distrito estaban soleadas y agarrotadas de personas que iban y venían. Una niña, sentada en un lustroso banco cercano a un kiosko, observaba con sus grandes ojos grises a la gente, la cual parecía pasar a cámara lenta por delante de ella.
Vestía una curiosa vestimenta para su edad, la cual le hacía aparentar más años de los que tenía: una suave chaqueta azul cubría sus delicados brazos a pesar de que el sol estaba en el punto más alto del cielo. También vestía una corta falda del mismo tono que la primera prenda, que hacía que sus piernas se lucieran. Pero lo que más resaltaba de ella, a parte de su aparente frágil cara y sus enormes ojos que recordaban a una Barbie, era un pin plateado con una gran C en el centro: la insignia del Capitolio. Hacía pocos meses desde los días Oscuros de Panem, en el que varios distritos se habían rebelado contra su, -como ellos lo llamaban-, tiránico régimen. Muchos habitantes de panem habían vivido ésa guerra desde el primer plano. Otros, en cambio, habían vivido ésos meses que constaban, la mayor parte, de bombardeos, encerrados en un sótano con todos los lujos que se habían podido permitir. Éso mismo era lo que le había ocurrido a Kaala, la niña de ya 12 años que ansiaba entrar en los Juegos del Hambre y con aquel aspecto de Barbie. Aquellos meses encerrada con el corazón en un puño simplemente por miedo a perder la vida, le habían trastornado de tal forma hasta volverla loca. Un fuerte golpe en la cabeza sacó a Kaala de su ensimismamiento, haciendo que volviera la cabeza y lanzara una fugaz mirada a su alrededor. Había alguien sentado en el asiento de al lado del banco. Era una pelota. Una pelota con hexágonos negros y blancos: de fútbol. Kaala apretó los dientes y cogió con una mano, como si el objeto estuviera intoxicado, buscando a sus dueños. Localizó a un par de niños que se acercaban a ella con una ancha sonrisa y los brazos extendidos, esperando que la niña le devolviera la pelota. Mucho tendrían que esperar. A pesar de que ellos eran más pequeños que Kaala, la niña se levantó del banco e hizo ademán de devolverles el balón, pero en vez de éso, giró el hombro con brusquedad, haciendo que el balón saliera disparado hacia...un árbol. El balón quedó encastrado entre dos ramas, por lo que los niños se alejaron llorando a quejarse a sus madres.
Kaala sonrió con superioridad, agarrando su bolsito azul y se alejó de ahí, dirigiéndose por fin al kisoko. Empujó sin cortarse a una mujer que esperaba con su hijo pequeño a que la fila avanzase. Kaala se situó delante de ella y detrás de un par de jóvenes que discutían acaloradamente. Nadie dijo nada.
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